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martes, 26 de abril de 2011

Fallas psicológicas

Cuando fue al dentista con su madre le contó con orgullo a su odontóloga que se cepillaba los dientes siete veces por día. Ella río, pero vio sus encías cortadas y sus dientes que cada vez perdían más esmalte. Frente a esto quiso hablar con la madre, cuyo nombre es María. Trataré de contextualizar lo que relato, para una mejor comprensión. Está claro que cualquier odontólogo no repararía en hablar frente a su paciente, aunque niño, delante de su madre y padre. Lo que sucede es que Sandra era prima de esta madre, y bien conocía los conflictos que se vivían en su casa y de los cuales su paciente mostraba huellas. Marcada la cita, Sandra le   explicó a María que estaba preocupadapor su hijo. María, que bien sabía hacerse la sonsa y encubrirla suciedad, se mostró sorprendida. El encuentro termino siendo un desencuentro entre primas, en donde una de ellas le recomendó que llevara a su hijo al psicólogo, lo cual fue el disparador de ciertas distancias. Sabiendo esto, podemos seguir. Juan José no pudo ver más a su tía por este distanciamiento, ni siquiera en su rol de dentista. Por lo que la familia se nucleó cada vez más y en esta burbuja de mugre Juan seguía mostrando una dentadura perfecta aunque unos compartamientos agresivos en el colegio. Obligatoriamente debió hablar con la psicopedagoga de la institución, la cual lo derivó a un psicólogo. En una de esas tantas sesiones, José que no era tan pequeño ya, saca a la luz lo sucedido entre madre y tía. En resumidas cuentas su psicólogo relacionó el ceremonial obsesivo del lavado de dientes con un desplazamiento meramente simbólico aunque concreto de lo que el muchacho vivía. Juan limpiaba pero terminaba por ensuciar de sangre su boca, Juan limpiaba hasta violentarse y así el espejo le devolvía la imagen de sus padres. Una deducción, tal vez apresurada. Cierta vez José escucho que "a caballo regalado no se le miran los dientes", siempre se preguntó el por qué, cuando infante. Él era regalado, era adoptado. Se sentía como un animal, su padre que era hombre de campo trocaba caballo por vaca, vacas por tierra y un niño que terminó sintiéndose de igual modo, por nada. Él era ese caballo, pero nunca quiso enmudecer. Prefirió mostrar su sonrisa animal reluciente, tal vez teñida del mismo rojo que las vacas que mataría su verdadero padre. 

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