Monotonía
de un día de encierro. Ansiedad y pocas cosas por hacer en lo inmediato aunque
muchas para dar respuesta a la brevedad. De repente todo
se vuelve confuso y las incógnitas menos pensadas se hacen pensamiento. El
reloj de arena arde en mi espalda y el infinito parece perderse en el tatuaje.
No somos infinitos, aunque a veces crea que sí. La materia a la que damos vida,
nuestra descendencia, son genes que se multiplican dejando un vestigio de lo
propio, pero nuestro ser se hará polvo cuando pasen los años blancos. Luego
perderse en la inmensa oscuridad parece ser un futuro poco ansiado, creo que
pocos se dan cuenta que mueren al menos seis horas por día y le restan
importancia. Esperan que la muerte sea un pasaje de visiones divinas, un retroceso
al Jardín del Edén sin el pecado original. Anhelan olvidarse el cuento que
vivieron por una simple mordida. Andar sin ropajes y
toparse con amigos en todas las direcciones; andar sin ropajes sin saberlo y
estrecharle la mano al enemigo que ahora es incondicioal para uno, como la
madre para un hijo. De cualquier modo
perduraremos como materia, pero no como ser conciente de sentimientos y de
pensamientos nobles egoístas y egoístas en su mal modo. Por que toda nobleza
exige una fuerte preferencia por el ideal del yo pero al menos resulta en
muchos casos benefactora para el otro. El egoísmo sin razón de ser es dañino y
propio de las personas que construyen castillos en el aire y luego viven en
ellos como realidad coherente. Existen
muchos tipos de divisiones, el lenguaje es el perverso manipulador con sus
categorizaciones. Para muchos el ying y el yang es sólo un dibujo, pero explica
las reglas de funcionamiento del pensamiento en los problemas cotidianos:
condena o juicio hacia el otro, culpa, reflexión y vista del problema desde el
ángulo opuesto. Ese será otro tatuaje que proximamente mi espalda cargará y
talvez arda y me depare con cuestiones como lo hizo mi querido reloj de arena
infinito.