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sábado, 5 de mayo de 2012

Narciso

Algún sueño adulto, acaba muriendo joven por más pequeño que sea. El hombre rey de los espejos se observa en la vanidad reflejado. Narciso veía, veía tanto. Aquellos ojos encebollados, ojos de vela, ojos de sensibilidad y amor.Era una esperanza viviente creerse digno de amarse, ser amado y amar.Pues, el espíritu, lo conocen pocos, como la libertad de los vientos de elegir su dirección, o la de los árboles de dejar crecer sus ramas. Es ese espíritu el que peleaba con Narciso en sus inacabables noches de intromisión. Sabía que jugaría tanto dentro de él, que luego el se permitiría jugar siendo espíritu.   Eran carne y hueso y eran muchos dialogando. Narciso estaba solo. Narciso estaba acompañado. Era de carne y hueso él también. Al fin, vivimos la materialidad y la belleza del espíritu también se manifiesta materialmente, pensó. El gran amor entre cristales que reflejan en todos los ángulos una curiosa desnudez. La absolución del megalómano del pecado por el infinito amor a un dios falible. Una grandeza que se justifica encontrando culpas en todos sus actos.  Libre amante de un entero, de una forma completa, fue. Su cara no era suya y su amor no era para uno o para una. Nadie estaba preparado para aceptar la libertad real, el espíritu. Es cierto que era víctima de sí mismo, del dios falible. En el amor propio veía en cada uno la divinidad, la misma que quedaba por fuera de los sirvientes de Algún Supremo. Ser amado es lo preciso para amarnos aún más y poder concretar el círculo en la nobleza del acto que nos hace infinitos. Un acto animal en origen pero extremadamente noble en sentir y espíritu. Esto pensaba Narciso. Su espíritu fue libre, voló. Su cara volvió a ser suya y su amor todo para él. Era de carne y hueso. Grande en espíritu…. Incomprendido, apenas recordado, menos amado. Ya no podía amar más a nadie, pues, quien no es amado está sujeto a la voluntad del único amor que le queda. El que te hace divino pero miserable si no lo podés compartir. En una acción de libertad absoluta, pero por fuera del espíritu  que lo es todo en uno, decidió lo más brillante. Acabó con su vida. El amor que sentía por sí mismo  no le permitiría sentir el dolor del desamor; la última libertad fue la del dios falible.

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