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lunes, 21 de mayo de 2012

Ellas


Ellas. Para las que no importaba la distancia, el tiempo, la forma, la mueca, la fuerza. Nada de eso interesaba demasiado.Al hablar eran presas de otro tiempo. Cada palabra era suficiente, cada palabra presentaba una lectura…, creían comprenderse perfectamente. Se conocían con soltura…, en principio, el diálogo había sido superficial para finalmente atravesar la superficie. Disfrutaron compartiendo sus fotos, sus memorias, sus gustos; disfrutaron y lloraron juntas y a la vez muy separadas. Cuando le contó sobre su vacío, sobre el pensamiento de suicidio cotidiano, brillaron dos ojos apresurados dispuestos a entenderlo todo. Se empaparon. Fue un momento hermoso, como aquél en donde discutían sobre la belleza en la fealdad y la fealdad en la belleza, riendo gustosamente por sus ejemplos siempre tan oportunos. Estaban realmente conectadas, cada una en su lugar, pero unidas al fin. Hablaban muchísimo, dejaban de hablar, generaban silencios no molestos para ellas que para muchos, en realidad, resultarían incómodos. Una lógica incomprensible pero con una historia bien fundada. Era una relación diferente, algunos ni siquiera la llamarían relación.Un mal entendido desencadenó un problema. Una respuesta a un problema donde la pasión se impone a la calma continúa generando malos entendidos. Así fue como de a poco ellas comenzaron a distanciarse, paradójicamente, sin distanciarse. Se veían, pero no era lo mismo…, “cada cual con lo que es cada cual con su destino”. Recordó esa frase y se sintió morir. Una frase que tal vez ella nunca hubiera pronunciado, talvez la hubiese escuchado de otro o talvez se estaba volviendo loca. Veía como se borraba de su visión, como desaparecía sin siquiera saludarla. Un gran mal entendido atravesado por otros, los cuales están cruzados por muchísimos otros y así hasta el infinito, como en una especie de progresión geométrica;por lo cual no tiene sentido explicarlos. Se miraban desde un lugar lejano sabiendo que ambas se estaban mirando de cerca. Una pendiente de la otra sin saberlo, suponiéndolo, odiándose por esto. Algunos rumores escuchaban. Una violencia oprimía el pecho de ambas, una violencia triste, donde uno atropella la gran sensibilidad que queda sin darse cuenta. El estúpido ritual continuó…, era extenuante la guerra del orgullo. La figura se presentaba esperando algo de la otra, y la otra se presentaba esperando algo de ésta. Es que siempre se dieron algo, nada más que eso. Un algo sobrevalorado por ambas que las mantenía unidas. Eso que era algo había regido su presente, más allá de la distancia, el tiempo, la forma, la mueca, la fuerza. Nada de eso interesaba demasiado. Ese algo les representaba mucho pero no dejaba de ser algo. Indeterminación, desconocimiento de lo que realmente es; algo que para ellas no era algo. Ahora un gran muro se imponía en la relación, no uno de ladrillos, pero capaz de destruir los ladrillos de algo. Este muro era basura, reproches, indirectas, ironía, miedo, hablar sin hablar, era algo completamente mal entendido para ambas que no consideraban nada más que las palabras. Un día Eva abrió el facebook y leyó la última notificación por mensaje privado del hombre que iba a ser su novio, talvez futuro marido. Decía (en resumidas cuentas) que no se estaban comprendiendo, que algo había pasado entre ellos y que se preguntaba si realmente alguna vez se habían entendido. Todas aquellas charlas no charlas, aquellos momentos compartidos no compartidos quedaron atrás. Eva clickeo en la opción de “eliminar” y Juan Pablo se convirtió en desecho. Ellas ahora estaban desconectadas, eran dos computadoras más que perdieron el rastro y que nunca conocieron más que el cómputo de sus palabras.

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