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jueves, 3 de mayo de 2012

Cuidadores

El cuidador del quiosco, un hombre avejentado aunque debe tener unos cincuenta años, con sus pómulos hundidos, patas de gallos y pronunciadasarrugas. Su cara mira a la nada; al menos se ve cansada o sin grandes objetivos o esperanzas de la vida. Siempre un cigarrillo en la boca en su laborde mirar como gente entra y sale del quiosco barrial, aburrido durante pocas horas, pero largas. Desde las veinte hasta las cero horas se lo ve en una silla de plástico de espalda a la avenida. A pocos metros del quiosco, pero tan alejado de él... Cada vez que salgo del departamento que se aleja una cuadra y media del quiosco, a la distancia de media cuadra él me reconoce y me mira. Una mirada translúcida, molesta para nada y que siento gratificante. Las única palabras que cruzamos son conversaciones que inicio cuando estoy por entrar al quiosco con un: ¿Cómo va? o ¡Buenas! y que terminan con la respuestas típica esperada:¿Qué hacés? ¡Todo bien! ¿Vos?. La respuesta que sigue es obvia. Bien, bien. Ese hombre no se ve feliz. Eso pienso muchas veces cuando al salir después de comprar cigarrillos le digo ¡Adiós!. Muchas veces siento pena por él, un sentimiento tan contradictorio como la bondad o la maldad. Un dualismo que termina siendo la misma cosa, talvez un sentimiento egocéntrico, talvez una sensibilidad que todos tenemos pero reservamos por verguenza. Soy un cuidador anónimo, una persona que nada tiene que ver con éste otro cuidador, pero que por dentro piensa: ¿qué será de su vida? Tengo mis conjeturas que se relacionan con mis propias experiencias y prototipos que conozco de cerca. Pienso que probablemente consuma cocaína por su aspecto, la ropa desalineada y la barba mal recortada me lo sugieren aún más. Solo veo miseria en él como la veía en mi padre con su enfermedad, y las características son similares. Hombres sin grasa en la piel. ¿Pero esto será solo una ilusión? Probablemente no me interese cuidar a nadie en mi fuero íntimo, o sí. No lo sé. Quizás cuando la noche me encuentre radiante de felicidad vea en todos felicidad y cuando me encuentre en la rutina vea en la rutina del cuidador pesadez. Tampoco sé si uno se siente mejor que otro..., la fantasía puede ver carencia en él otro para no ver la propia, o puede simplemente identificarnos con esa otra y entonces:¿me estaría cuidando a mí o sintiendo pena por mí? Prefiero pensar que sí me interesa el otro, el desconocido, el que sufre y para el cual no tengo soluciones. Sin embargo, no me engaño: mis problemas son mi vida y por lo tanto son mayores por que los siento en mi propia carne. Los del otro son conclusiones que algo de acertadas seguro tendrán, pero no dejan de ser conclusiones. El desconocido talvez tenga sus ideas sobre mí y sobre tantos otros, cuidándolos sin darse cuenta, aunque descuidándose a sí mismo. Es que cuidar en la idea no es cuidar, solo cuidando en la acción nos cuidamos a través del cuidado de los demás. Por que todo cuidador debe ser comprometido y las verguenzas de la sensibilidad debieran desaparecer para avanzar un grado más en el sentimiento humano. Sentimiento análogo al que muchas razas animales portan en su sangre; el ganso detiene siempre su vuelo para auxiliar a su compañero de viaje con el ala herida y cuando vuelan lo hacen juntos alentando a los que van adelante a mantener su velocidad en las grandes migraciones. Mi deseo es sencillo, seamos como los gansos.

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