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miércoles, 18 de junio de 2014

Veintiún veranos

Madre de los problemas;
enigmático el nacer.
El corrupto ha de verme perecer
entre perversas cadenas.
Librarme de más allá,
del mas acá,
de estas cuatro paredes y puerta.
Si dejo la luz entrar
me invade la sensación
de placer, de juego y de gozo
entre la abeja y la flor interna.
Cerrando la cortina
el humo ocupa el aire entero
y mis sueños desocupan
el lugar del humo y del aire.
¡Son más grandes!
Conquistar la felicidad
y escupir el nerviosismo,
vomitar cada verdad,
aunque me odien y, por eso,
me odie a mi mismo.
Sería como Alejandro el Grande,
conquistando Asia a su paso
o simplemente como un niño
cuando lo llenan de besos y abrazos.
No soy Alejandro, ni Freud,
ni Exupéry ni Vasconcelos
amame tal como soy
y te daré las tinieblas
de veintiún veranos enteros.
Cuando el nervio me invade
¿la solución quién la sabe?
Las imposiciones no se miden
en códigos binarios, y yo...
¡Lejos de ser hombre virtual!
Estoy tan cerca de este terrible final
¿El hombre y la mujer donde están?
Entre corrientes eléctricas
cadenas rodeadas de electrones
no son sinapsis, no es pensamiento,
no es pensar diez mil Plutones.
¿La fantasía?
Aún no murió.
Escépticamente vivo en ella.
La que acaricia el color de las flores.
La que da besos ocultos
a los que se aman
y no se llaman amores.
La Madre de los problemas
y las soluciones son las palabras.
Lo que nos hacen a través de ella,
lo que hacemos a través de ella.
Palabra te amo,
a pesar del daño inflingido.

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