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martes, 22 de febrero de 2011

El Hombre y el niño, el niño y el Hombre.

Un día el muchacho desciende del tren y lo ve. El ciego andaba pedante, aunque no veía y no aceptaba ningún tipo de ayuda. El otro que quiso ayudarlo se decepcionó y se marchó; igual el ciego, con su bastón que actuaba como vista. El hombre pensaba y se molestaba. Todos los días lo mismo. 
¿Uno no puede aceptarse y superarse?¿No tiene derecho acaso el sordo, de hablar por señas, -o el mudo que escucha pero es como si no escuchara-? Luego de varios días del primer encuentro desencuentro, se encuentran nuevamente el que ve y el que no ve. El que ve habla. Fuerte para el oído perfecto de un ciego, que desarrolla mejor sus otros cuatro sentidos. Escucha el que no ve, pero no escucha y se va. Maldiciendo.

Entonces un día el hombre sin vista, se encuentra en el andén solo. Resulta que cuando baja de ese medio de transporte tan repugnante, la superpoblación del mismo incitó a que bajara rápido y consecuentemente, tras un resbalón, su bastón fue a parar a los rieles a 4 metros para abajo de donde se encontraba. El ciego vulnerable, camina unos pasos desconcertantes y casi cae por unos escalones que quién sabe a donde lo llevarían. Al sentir el primer escalón, intenta unos pasos para atrás y allí se queda. Estaba buscando al niño pero no decía nada. Se queda entonces parado, con su orgullo de ciego. Implorando que lo ayude el muchacho que era una de las pocas personas atentas, ¡claro ahora el ciego pensaba que el niño era atento!.Para tranquilizarse el ciego pensó que el muchacho podría haberse demorado y que seguramente en el próximo tren vendría. No tenía coraje el hombre para pedir ayuda y no quería tampoco hacerlo; deseaba no haber perdido nunca su bastón y no depender de nadie pero en este momento dependía de alguien; de alguien que quisiera ayudarlo sin que el lo pida -aunque fuera evidente su necesidad de ayuda-. Siente el ruido de la imponente figura metálica. Aún en movimiento, el ciego pudo escuchar como se quebraba su bastón debajo de las piernas del maldito de hierro. Bajan las personas. ¿El muchacho? ¿ No me dirá - Señor necesita ayuda? piensa el resentido ciego, y piensa en tono burlón. Al pasar unos minutos el hombre por primera vez siente miedo como hombre que no ve y comienza a ver, y por eso es hombre. Nadie se acercó a ayudarle, extrañó el pedido del gentil niño que él siempre rechazó. Ahora él es el que tiene que pedir ayuda. Un señor barbudo pasado de unos treinta años, escuchó los lamentos del ciego y sin problema lo acompaño hasta donde la dignidad del hombre lo dejó. El otro, el chico, el que todavía tenía que crecer y darse cuenta de tanto, -como el hombre,que antes era ciego-, resignado no miro para atrás cuando bajo del tren -como usualmente hacia-, del que el ciego lo esperaba, y salió directamente por adelante. El ciego no pudo alcanzarlo a él ya que el bastón muerto estaba y el muchacho ya no pudo verlo, por que el hombre en su auge de serlo al esperarlo se olvido, que el muchacho tras tantas negativas era ciego para él.

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